Muro Je t'aime

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miércoles, 16 de abril de 2014

No sé quién eres

—¿Qué es el alma? —la pregunta me pilló por sorpresa.

Había vuelto a poner esa cara que la alejaba tanto de mí. Sus ojos se perdían en el inmenso azul, mientras las olas lamían sus tobillos. No supe qué contestarle, pero estaba segura de que tampoco esperaba que lo hiciera.
Había sido así desde siempre, desde pequeñas. Ella se perdía en sus reflexiones, en un lugar inaccesible para mí y de pronto me hacía una pregunta extraña a la que yo jamás respondía. Aún la recuerdo perdida en el bosque, cuando no levantábamos más de un palmo del suelo. Nos habíamos ido a pasear por el jardín de atrás y al encontrar la verja abierta, habíamos decidido extender nuestra excursión al bosque. Empezamos a correr y correr entre los árboles, lanzándonos embrujos y maldiciones hasta que empezamos a no ver bien. La tarde había ido avanzando y el sol se había ido escondiendo tras las encinas, mientras nosotras nos divertíamos. Tratamos de volver a casa pero nos habíamos adentrado tanto en la espesura que el camino no se veía bien. Después de un largo rato sin hablar, ella se sentó entre las raíces de un gran árbol.

—Estoy cansada —me miraba—. ¿Podemos dormir un poquito?

Siempre me preguntaba como si yo tuviera todas las respuestas. A veces me enfadaba con ella por eso, me molestaba que se burlara de mí, porque las dos sabíamos que ella era la más inteligente de nosotras.
Nos acurrucamos entre las raíces, ella sentada con la espalda apoyada en el grueso tronco y yo apoyando mi cabeza en su pecho. Me rodeó, como solía hacer, con un brazo para darme calor y me quedé dormida. Cuando desperté, aún era noche cerrada, pero ella no había cerrado los ojos. Los clavó en mí y murmuró:

—Algún día moriremos ¿no?


A la mañana siguiente nos encontraron entre las raíces de ese mismo árbol y todo volvió a la normalidad, pero aquella primera pregunta se me quedó grabada a fuego.

domingo, 13 de abril de 2014

La tragedia de Robert Dickinson

Cuando trabajaba en una academia dando clase de lengua, un día me encontré con que necesitaba urgentemente un texto literario para que analizaran mis alumnos y no tenía ninguno a mano, así que decidí improvisarlo. Para mi sorpresa, me gustó y a ellos también, así que decidí conservarlo. Espero que os guste.

La tragedia de Robert Dickinson
Era una noche sombría y escalofriante. Las luces de las farolas emitían un fulgor amarillento que acentuaba la sensación que desde hacía unos minutos atenazaba el pecho de Robert Dickinson.
De manera automática, casi inconsciente, mantenía una aceleración cada vez mayor en el ritmo de sus pasos. Temía por su vida, y no sin razón. Se había situado sin pretenderlo en el centro de un conflicto de nivel internacional, convirtiéndose en un simple peón a merced de las intempestivas acciones de los contendientes.
Apenas a un kilómetro de su piso de alquiler encontró lo que parecía una prueba evidente de que le seguían: dos hombres, uno a cada lado de la calzada, lo observaban con atención y sin disimulo. Vestían de manera similar, con prendas en esencia oscuras, ocultas bajo un gabán igualmente sombrío.

Tristemente, hemos de avisar al lector de que lo sucedido a continuación no trascenderá más allá de la más simple y gratuita violencia. Solo referiremos que del desgraciado Dickinson a penas quedo algo reconocible. Inocentemente llamado a prestar declaración en un juicio, terminó sus días en un triste callejón londinense; indocumentado y sin posibilidad de identificación, fue tomado por víctima de una pelea callejera y sepultado como “Desconocido”.

miércoles, 9 de abril de 2014

No lo harás

La noche nos dejó solos, tú y yo en la oscuridad hablándole a la pared. Pobrecilla, la de cosas que le habría gustado decirnos. Si se lo hubieran permitido, nos habría advertido de que jugábamos a un juego demasiado peligroso, caminando por el borde de un volcán tan seguros de que no caeríamos... Supongo que de todos modos nos daba igual, porque los sueños, esperanzas y pasiones pugnaban por salir atropelladamente de nuestros labios para desenmascarar  nuestro yo más profundo. Necesitábamos entendernos.
Supe todo de ti en lo que me pareció un instante y tú de mí. Nos comprendimos. Conectamos. Pensé que al amanecer se rompería el hechizo, te irías y todo volvería a la normalidad, pero no fue así. Permaneciste allí tumbado, tan cerca y a la vez tan lejos, con los ojos casi cerrados y luchando con tu cansancio solo por descubrir más cosas de mí, quizás porque tú también temías que solo hubiera sido un sueño, hermoso, pero un sueño al fin y al cabo.
En cierto modo los dos pensábamos que no estaba del todo bien, que lo que hacíamos podía resultar fatal, pero ya no había vuelta atrás. Nos vimos empujados a una espiral de atracción, chocando y separándonos con violencia. Tú me lo dijiste, yo te lo dije, pero no había necesidad: ambos sabíamos que algo había cambiado entre nosotros, en nosotros.

«Mirarte a los ojos y tal vez recordarte que antes de rendirnos, fuimos eternos»
“Bueno, muchacha, sabes que esto se acaba aquí, ¿no?”
Y se alejó despacio, firme y seguro, sin mirar ni una vez atrás. Me quedé observando cómo se marchaba, esperando que se volviera una sola vez, que se arrepintiera y regresara conmigo, pero no lo hizo.
Cuando llegué al final de las escaleras sentí que algo se había roto dentro de mí, algo importante y valioso. Seguía viendo su figura en mi memoria; su espalda, tan firme, cubierta por la sudadera blanca; sus brazos, que tanto calor y protección me habían regalado; con las manos en los bolsillos, una manos cuya suavidad al tocarme tanto me había sorprendido; sus pantalones anchos…
Nunca me besó. No lo hizo aunque tuvo la oportunidad. Deseaba tanto probar esos labios que me habían conquistado con palabras… Pero nunca sucedió y ahora ya es tarde. El momento pasó.
Le dije que en sus brazos estaba segura y protegida. Aún siento su calor junto a mí y algo en mi pecho se rompe de nuevo en mil pedazos cuando pienso en lo que pudo ser y no fue. A veces siento que me faltó valor, que me asustaba lo que él representaba: la libertad y la pasión en estado puro. Contaba con que mantuviera su palabra y se quedara a mi lado por muy egoísta que me sintiera por ello. Recuerdo sus ojos, tus ojos. Tu sonrisa que parecía decir que te reías de mí.
El momento ha pasado ya. Aunque quisiera rectificar, siento tu mano en la mía que me dice que ya es demasiado tarde. 
Aún no sé si te hablaré la próxima vez, porque siento que debe ser así, que si depende de ti, no lo harás.